Dolores Masana “La diferencia no es problema”
Licencia en Ciencia de la Información, Presidenta de Reporteros sin Fronteras España; 1998-2001 Periódico “La Vanguardia” – Barcelona, España; 1981-2001 Jefa de Sección de Política Internacional; 1967-2001 Periodista en la Sección de Política Internacional a cargo de las noticias referentes al norte de África y de Oriente Medio
1988-2001: Enviada especial al sultanado Omán (Golfo Pérsico) en varias ocasiones
1988-2001: Enviada especial en todos los grandes acontecimientos de Argelia
1989-2001: Enviada especial en todas las elecciones celebradas en Túnez
1989-2001: Enviada especial en misiones sobre derechos humanos en Marruecos
1989-1991: Enviada especial a El Cairo y Damasco durante la guerra del Golfo
1987-1992: Enviada especial a Israel durante la primera Intifada palestina
2001: Enviada especial a los territorios de la Autoridad Nacional Palestina
durante la segunda Intifada palestina (de Al Aqsa)
2001: Enviada especial a Israel en las elecciones generales
Derechos humanos, el gran reto del siglo XXI
Existe en nuestra época un llamado primer mundo, ahora alterado por el temor a la recesión a causa del inmoral despilfarro financiero, para cuyo remedio gobiernos y organizaciones internacionales se disponen a gastar inmensas cantidades de dinero público. También atrae la atención otro mundo en el que surgen con brío nuevas potencias económicas, conocidas como emergentes, que se acercan rápidamente al gran escaparate del desarrollo y la riqueza. Entre unos y otros el volumen de los bienes materiales y de los capitales en circulación es enorme, como jamás había ocurrido en la Tierra. Millones de seres humanos disfrutan de niveles de bienestar inalcanzados hasta ahora y se cita el elevado número de supermillonarios como puntas de un iceberg de holgura en el nivel de vida.
Pero en esta cartografía generosa del reparto de bienes aparece la mancha oscura de otra realidad, en este caso la del denominado tercer mundo con insoportables lacras de miseria y enfermedad, agravadas frecuentemente por el efecto de odios y violencias internas. Insoportables, digo, por cuanto indiscutibles adelantos científicos y tecnológicos no evitan que tres cuartas partes del mundo sufran hambre, que cada tres segundos muera un niño de inanición, que el sida, la malaria y otras enfermedades endémicas diezmen poblaciones de África cuando disponemos de los medios para evitarlo. Que 300.000 niños trabajen en condiciones infrahumanas en campos de algodón en la India, que multitud de niños-soldado sean carne de cañón en manos de ejércitos, grupos paramilitares y mafias.
¿Deberíamos buscar las causas de tales males en la lógica del funcionamiento del sistema político, económico y social de las sociedades opulentas de los 7, 8, 20 ó 22 Grandes? En tal caso, ¿convendría redefinir el sistema en el que tan cómodamente están instaladas estas sociedades nuestras que consideramos- aún con sus grandes defectos y carencias- representativas de una civilización avanzada?
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